Por contradictorio que suene, en mi país las universidades públicas brindan mejor educación que las privadas (en la mayoría de los casos). Así que la competencia para ingresar a una universidad estatal es dura. Sin embargo, esto nunca me preocupó. Al contrario, sentía cierta apatía por las personas que se tomaban los examenes de admisión muy a pecho. En el colegio ofrecían varios cursos preparatorios, a precios nada atractivos, para realizar estas pruebas. Te garantizaban el éxito y dejaban por entendido que sin la ayuda de estos cursos, las probabilidades eran bajas de pasar el exámen: que coincidencia, un paradigma más.
Yo estaba convencido que para esas pruebas no se tenía que estudiar, más bien razonar. Realicé las pruebas de las dos universidades públicas más importantes del país. Espere por los resultados sin pensar mucho en ello. Cuando finalmente me los entregaron había pasado las pruebas de manera satisfactoria: tenía derecho a estudiar en estas codiciadas instituciones. En una de ellas no ingrese directamente a la carrera de mi primera elección, si no a la segunda, por tan sólo unos cuantos puntos. Sin embargo, esto no me detenía a estudiar ingeniería civil en esa universidad porque no todos los cupos iban a ser ocupados por las personas que si quedaron arriba de la nota de corte. En fin, aprendí una cosa muy importante: el exceso de confianza nunca es bueno. Por alguna razón, aún sin haber ingresado, esa fue la primera lección que me enseñó la universidad.


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